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La propuesta antiespeculación con los precios de los alimentos y el petróleo, anti monopolios, está divorciada de la práctica en gestión de Gobierno
17 Octubre 2011, 2:05 PM
Realidades foros que levantan egos personales

Una campaña de quimeras que no logra conseguir eco en ONU ni afecta al capital

Escrito por: Rafael P. Rodríguez

Cuando -en una fábula clásica- el zorro se cansó de saltar para alcanzar las uvas, no tuvo otra opción que resignarse y declarar que estaban agrias.

De ese modo puede ocurrir cuando el esfuerzo de pura cohetería sin pólvora y  “anti monopolio” de los alimentos y el petróleo estalle en los senderos oscuros de la nada. Ni siquiera las Naciones Unidas le han hincado el diente a tan peregrino esfuerzo que tendrá frutos sólo cuando se establezca otro orden económico mundial que no se halla a la vista.

Independientemente de la intención populista que intenta dejar bien  parada una imagen, al menos a nivel internacional, a través de una campaña anti especulativa, ella no es anticapitalista ni se halla refrendada por la práctica en la República Dominicana donde los que controlan la economía venden a los precios  que más les convienen, no los que diga el gobierno, desinteresado estratégicamente, del asunto.

No tiene sentido y resulta insincero ser anti monopolios fuera de tu país y sostener una economía altamente neoliberal en él.

La retórica jamás reemplaza la realidad si no es con una fuerza precisa que, efectivamente la acompañe hasta las últimas consecuencias.

Independientemente de lo atractivo que esté el campo internacional, escenario multívoco en el que se pueden desplegar alas profundas y dar discursos sonoros y ofrecer  conferencias magistrales, los problemas nodales, fundamentales y básicos están aquí. Este es el nido más claro y más específico que hay.

Aquí se debate todo el devenir, toda la frustración y toda la esperanza de un pueblo amurallado de dilemas, abismado. La búsqueda implacable de otros suelos para la siembra de espejismos y de ilusiones no salva a nadie, ni siquiera a los políticos que se creen más avezados y más enterados.

Aquí se cuece el caldo más esmerado y el  más sutil veneno a ser apurado en sorbos lentos y dilatados. Por más que duela y torture, esta realidad es intransferible e inaplazable y no hay tribunal sobre la tierra que la relegue o la haga recapitular.

Volver al territorio es como aterrizar de nuevo en la realidad con sus soberbias limitaciones e incomprensiones.

Cierto filósofo moderno que se invocó alguna vez hasta para rascarse la espalda y que ya “no cuenta”, pese a que según Jhon Gray, Marx nunca estuvo más cierto que ahora, llamó enajenación al producto del trabajo de los obreros que se va a manos de  sus empleadores.

Pero asimismo, le llamó a la amnesia de no conocer su verdadera realidad cada quien en un momento dado de la historia. Muchos no salen y no saldrán jamás de la isla porque no pueden hacerlo.

Esa es una oportunidad única para privilegiados de la política, del comercio y de las altas finanzas nacionales.

No hay escapatoria ni siquiera cuando se  procura alguna posición futura, cierta o no, en un organismo, por ejemplo, de las Naciones Unidas.

Las responsabilidades de Estado fundamentales tienen un nombre y se llama República Dominicana. Lo demás es fragancia ajena, aeropuertos, hoteles de primera, “baño de personalidades” como le llamó Orlando Martínez a ciertos devaneos políticos de un alto rival del momento.

Cuando se busca  un estrellato internacional en base a pronunciamientos hermosos en los “foros” internacionales que se afean enormemente cuando se reencuentran con la elevada criminalidad, la aún más elevada corrupción, el sueño de la economía con una brutal quietud del circulante, los escándalos diarios, la ineficacia de muchas instancias,  ese consenso  se evapora como el agua.

La cosecha de elogios de las personalidades mundiales pueden ser cumplidos nada más y pueden convertirse  en triste “boomerang” si no se soluciona ni un tercio de lo que agobia a la atribulada población agónica.

Cualquiera puede tomar una iniciativa y procurarse algún pronunciamiento de adhesión y ya. Ahí se tiene el ejemplo breve y patético de un organismo en apariencia portentoso de las Naciones Unidas,  la Asamblea General. En ella se pronuncian decenas y decenas de jefes de Estado, se establecen normas, se buscan consensos, se aprueban resoluciones y al final, todo sigue como mismo se había comenzado.

La razón es que la Asamblea General, el niño malcriado  de toda comunidad familiar, no tiene un espacio vinculante.

Ello equivale a decir que sus decisiones no tienen que ser cumplidas y menos aún por las soberbias potencias que sí tienen poder para resoluciones orgánicas, con peso específico, y tienen además, en exclusiva, como cualquier VIP de carácter decisivo, el derecho de veto de aquello que no les conviene, lo cual ocurre desde el final de la II Guerra Mundial cuando las potencias se dividieron el mundo.

Todo es anémico si no llega desde lo más alto cuando arriba a esos “foros” mundiales donde te elogian, te muestran  adhesiones de pura cortesía y hasta te dicen que se hará “algo” al respecto como por ejemplo, hacer saber que esa es una iniciativa tuya, exclusiva, que nadie te va a disputar y que no tiene ninguna vinculación con la verdadera realidad como la ven los poderes mayores.

Un Apunte

Instrumentos de potencias

La  tribuna que facilitan los organismos internacionales, como la ONU, sólo sirven como foros para denuncias, no para enfrentar realidades particulares de cada nación. Son instrumentos de los  intereses de  las grandes potencias, que imponen las guerras y sus voluntades.

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