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4 Diciembre 2009, 11:08 AM
  ¿Y si Sobeida fuera fea?

Creen que sus atractivos físicos la catapultaron a protagonizar un caso de película, en el que inicialmente parecía un simple peón

Escrito por: Adrián Javier (reodefuente@hotmail.com)

Se alegará que la belleza es percepción particular. Valor de cambio efectivo según la época. Apreciación denostativa según la intención, el grado de inteligencia que se posea, o el sentido de orgullo y pertenecía que se haya “inhalado” desde los primeros días de la vida en el seno familiar.

Se traerán a colación anécdotas de “fea-ministas” incomparables en las artes amatorias, y sin par en los roles protagónicos del suceder accidentado de los eventos históricos.

Se aludirá de manera cándida, al sambenito de que lo “feo” y lo “bonito”,  propende, inequívocamente, de los rangos de estimación que se padezca, o de los niveles de significación que nos represente el entorno donde haya hecho arribo la vida de cada uno; pero no.

Ya milagro del bisturí o habitáculo esencial de las mentalidades contemporáneas, según la moda o las circunstancias atenuadas por incidentales mass mediáticos; hay que convenir que lo apreciado hoy como belleza, podría tildarse mañana como aberración del gusto, o quizás, deslinde de los instintos.

Sí, pero... medítese por dos minutos sobre estas curiosas interrogantes.

 ¿Habría sido igual de “ponderado” por la opinión pública, el simple rol de cómplice de Sobeida Féliz Morel, si ésta hubiera sido una chica provinciana más simple y menos agraciada?

Su perfil, prontuario, trascendencia e importancia, para el esclarecimiento del caso de los 4.6 millones de dólares, aparecidos en una yipeta estacionada, con dueño y origen aún “desconocidos”; ha sido más publicitado, expuesto, requerido y analizado, que el propio destino y figura del boricua, José D. Figueroa Agosto, sindicado por las agencias de investigación antinarcóticos, como el propietario-responsable del dinero hallado, considerado fruto del lavado de activos, producto del narcotráfico.

Vista sin la ojeriza de los prejuicios sociales y de género, ni la evidenciada intención política de exculpar a unos y sobrecargar a otros; es obvio que, en el plano de “lo enjuiciable”, el papel de la Féliz Morel, es de mucho menor importancia para despejar los enigmas del caso, que el del “tristemente célebre”, Figueroa Agosto. Sin embargo, son los detalles de la accidentada trayectoria vital de la primera, lo que salta al morbo de las primeras planas de los diarios, y encabeza los aletargados “pendientes” de nuestra cuestionada judicatura.

¿Es tonto asumir como premisa de escribiente, que “lo bonito” o “lo feo” que puede ser un imputado, ha de pesar en ocasiones, a la hora en que jueces, policías y fiscales, ponderan lo grave o no de las implicaciones de cada cual según el hecho?

¿Son sólo políticos o sociales, los factores externos que, en clave de “libre ejercicio del criterio” (¿?), impulsan “inconscientemente” a medios y autoridades, para que se sobre-proyecte tal o cual nivel de involucramiento de uno u otro actor, sin importar la posible –por futura-, ampliación del reparto?

Quizás sin darnos cuenta, la suerte que se corre en los tribunales de la República, depende más que de un juicio frío -robustecido por la imparcialidad de una “moral social” (Eugenio María de Hostos), afincada en la objetividad de la ética-, de la comodidad del prejuicio estético de cada jurado.

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