Con frecuencia observo que los padres son los últimos en enterarse de que sus hijos están “en malos pasos”.
El uso y abuso de sustancias prohibidas en el país se está iniciando en la temprana adolescencia generalmente con el consumo de alcohol y marihuana.
La gran disponibilidad de diferentes sustancias como la cocaína y las tabletas de éxtasis, unido a la impunidad por un lado y, por el otro la heroicidad que han alcanzado los traficantes, son elementos que se suman al ingreso cada vez mayor de jóvenes a este mundo, en donde la “presión” de grupo” es una clave.
¿A qué señales los padres deben prestarles atención?
El hecho de que su muchacho “le guste la bebida y fume desde muy jovencito” constituye un riesgo inicial para caer en hábitos de consumo mayores.
Un chico que está transitando en estas conductas se observa fatigado y falto de energía para las cosas que solía hacer.
A veces presentan ojos enrojecidos y tendencia a “usar gotas para la irritación”. Esto puede acompañarse de tos seca y secreciones nasales. Algunos pierden peso y se les nota pálidos.
Cuando el joven pasa de la marihuana a la cocaína se observan cambios de conductas. Duerme y se despierta de forma paradójica y sus hábitos alimenticios son caprichosos.
Los cambios bruscos de ánimo; el no sentarse a la mesa de comedor con la familia, como lo hacían antes, son pistas de interés.
Su higiene personal y sus ropas pueden estar descuidadas.
Se vuelven irresponsables, bajan el amor propio y “por mucho que les regañen o se les confronte en el hogar”, o no responden, o se justifican como unos “angelitos”.
Aunque viola reglas familiares, evita el análisis de su comportamiento con figuras de autoridad.
Sus notas (rendimiento académico) disminuyen a lo que se añade ausentismo estudiantil y problemas de disciplina.
Llamadas sospechosas a su teléfono y abandono de sus amigos tradicionales por una nueva “juntilla” como dirían los abuelos.
La selección del tipo de música que escucha; el decorado de su habitación y las prendas de vestir hay que observarlas. Algunos casos son más evidentes como el uso de “percing”, aretes, tatuajes y otros aditamentos que no son exclusivos de la gente que transita estos mundos, pero que deben movernos a investigar.
Ni le pelee; ni lo reprima físicamente, tampoco le tome la orina para “hacer pruebas de drogas”. Son enfermos de los hábitos.
Nunca es tarde para sacar a nuestros hijos de estas garras. Sea prudente, dialogante, negociador; pero, elija a un profesional de la conducta para orientar e intervenir ¡a toda la familia!







